El cuerpo humano está diseñado para responder al estrés de corto plazo (huida o lucha). Sin embargo, en el mundo moderno, el estrés suele ser crónico, lo que mantiene niveles elevados de cortisol en sangre de forma persistente.
El estrés agudo libera adrenalina, que inicialmente puede suprimir el apetito.
Si el estrés persiste, el cortisol toma el mando, aumentando el apetito y la búsqueda de alimentos reconfortantes (altos en azúcar y grasa).
El cortisol favorece la acumulación de grasa en la zona visceral y puede dificultar la utilización eficiente de la energía.
Entender que la alimentación emocional es una respuesta fisiológica al estrés es el primer paso. Técnicas como la respiración consciente, el ejercicio moderado y el descanso adecuado pueden ayudar a regular los niveles de cortisol y, por ende, estabilizar las decisiones alimentarias.